Aprender solo y en compañía

  • Retomaré mi argumentación, aunque haya pasado mucho tiempo, matizando el aforismo de Machado sobre los autodidactas. ¿No existe el buen autodidacta? Todos hemos aprendido muchas cosas por cuenta propia. Cosas buenas y no tan buenas, útiles o no, quizá simplemente divertidas… La frase de Machado debe aplicarse a los autodidactas pedantes, de quienes se puede decir “Postquam docti prodierunt, boni desunt” (Desde que aparecieron los sabios, ya no hay gente de bien, Séneca, Epístolas, 95).

    Por ejemplo, la lectura de “Cómo aprendemos a leer”, de Maryanne Wolf, me ha conducido a releer, cuarenta años después, el “Fedro” de Platón. En este diálogo, creo que en 274d-275c, Sócrates relata la fábula de Thaumas i Theuth. Dice Sócrates:

     

    Tú, padre de la escritura, le atribuyes inocentemente todo lo contrario de lo que es capaz de causar. Porque precisamente lo que hará no ha de ser cosa distinta de producir en las almas el olvido de lo que sabes desde el momento que les haga abandonar la memoria. Precisamente por dar fe a la escritura, es decir, a lo que está fuera de ellos. Se valdrán de estos signos, que les son extraños y que no necesitan guardar dentro de sí mismos, se para atesorar sus recuerdos. De modo que no has encontrado el modo de enriquecer la memoria, sino tan sólo de conservar los recuerdos. Con la escritura darás a tus discípulos la vana presunción de poseer la ciencia, pero no la ciencia en sí. De modo que cuando, a causa de tu hallazgo, hayan aprendido mucho sin necesidad de maestro; imaginarán ser muy sabios, pero la mayor parte de ellos no serán sino unos ignorantes tan completos como vanos, es decir, sabios imaginarios en lugar de sabios verdaderos.

     

    La traducción es de J. B. Bergua. No es la mejor traducción, quizá; pero así rindo homenaje a la colección que en mis tiempos de estudiante me permitió leer a Platón a buen precio. Confieso que la he retocado un poco con ayuda de la versión francesa de E. Chambry.

     

    Éstas palabras pone Platón en boca de Sócrates para criticar la práctica educativa que se imponía en su tiempo a los escolares de Atenas con el fin de enseñarles a leer y a escribir, algo que se consideraba fundamental en su educación. Hoy, cuando están bien establecidas las ventajas de la lectura, la crítica puede parecer obsoleta, incluso absurda. Sin embargo, si profundizamos un poco, si vamos más allá del significado inmediato, si reflexionamos un poco, descubrimos que, al leer el diálogo, dialogamos con Sócrates. Incluso frente a un texto, al leer, más allá de lo que el filósofo ateniense temía, la lectura se transforma en una conversación con el autor, con lo que dice, con nosotros mismos, con lo que sabemos y hemos aprendido, con otros autores que recordamos y con nuestros propios recuerdos, con lo que hemos escuchado, sentido y experimentado en aquel momento o en el pasado, incluso con lo que todavía no sabemos. Al leer a Platón, incluso si discutimos sus razones, nos sumergimos en el seno de un cúmulo cultural de más de dos milenios y medio de antigüedad, lo proyectamos en el instante que vivimos y le añadimos nuestros propios pensamientos.

    Eso es lo que yo llamo aprender al lado de alguien aunque lo hagamos formalmente solos. Somos autodidactas muchas veces, pero no nos abandonamos a nuestras solas fuerzas. Tampoco ocurre que todo quede en la lectura. Lo leído lo analizamos, lo contamos y lo discutimos con otras personas. Si tenemos que exponerlo, organizamos lo que encontramos en la memoria y le conferimos un diseño personal. Atentos a las reacciones del público, continuamos construyendo el saber.

     

    Medio en serio, medio en broma, digo a veces que lo más importante que he aprendido es a respirar (y a respirar bien). Luego aprendí a vivir conmigo y con mi entorno, a oír y a escuchar, a mirar, a hablar, a sentir, a comer… Una parte pertenece al instinto, otra a nuestra propia organización mental. Así aprendí a conocer el mundo. Luego aprendí a contar y, claro, a leer y a escribir. Todo eso lo aprendí al lado de alguien. Mucho más tarde, aprendí a aprender química. Y un día tras otro voy aprendiendo a tratar con otras personas.

     

    Por consiguiente, con estos signos que nos vienen de fuera, los signos que nos son extraños, con sacrificios y con alegrías, nos transcendemos en el espacio. Con ellos surcamos el tiempo, el pasado (podemos remontarnos a trece mil millones de años atrás) y, con un poco de habilidad, el futuro, aunque sea infinito y frío.

0 comentarios