La inmortalidad de Manel

  • Manel Forné era un joven de Sant Carles de la Ràpita (Tarragona), sencillo, generoso, lleno de vida. Una noche de febrero del 2000, recién cumplidos los 18 años, conversaba con cuatro amigos a la puerta de la discoteca de Alcanar, una población vecina. Podemos imaginar de qué hablaban, sentados en la acera con la espalda apoyada en la pared: proyectos, amores, ilusiones... Lo propio de la edad, vaya. ¡Tenían tanto saldo de vida! De pronto, un coche los embistió hasta cuatro veces contra la pared. Su conductor, David, había confundido al grupo con otro que poco antes le había incomodado y, atiborrado de coca y alcohol, quiso vengar la ofensa estampando contra ellos su coche. Manel murió en el acto. Sus cuatro amigos quedaron malheridos. Y David fue condenado a 28 años de prisión por asesinato.

    Este episodio, tan trágico como real, guarda cierto paralelismo con la trilogía argumental de la obra de Goethe: la eterna juventud, la inmortalidad y la pugna entre el bien y el mal. Y es que esta muerte, además de encarnar la victoria del bien sobre el mal, permitió a Manel alcanzar los dos deseos utópicos del ser humano: la eterna juventud y la inmortalidad.

    Manel está hoy tan joven como cuando murió, en ese cénit de la belleza corporal y espiritual de la persona que son los 18 años. Y seguirá joven eternamente. Y, al contrario que Fausto, sin necesidad de vender su alma al diablo. Mientras que su foto detuvo el reloj del tiempo, sus contemporáneos se van deteriorando por el efecto implacable del paso de los años. Como Dorian Gray, la criatura de Oscar Wilde: “me volveré viejo, horrible, espantoso, pero ese retrato permanecerá siempre joven”.

    Nuestro amigo alcanzó también la inmortalidad, ya que se instaló de forma perpetua en la mente de muchos.

    De sus padres, a los que el mundo se les paró el día del suceso, aunque a partir de ese momento, paradójicamente, sintieron más y vivieron más al hijo que en vida.

     

    Y es que una tragedia de esa magnitud transporta a una nueva dimensión del cariño. Intangible quizá, pero de una intensidad casi sobrenatural. Si Manel fue en vida un faro de Alejandría para sus padres, lo continúa siendo tras su muerte. Aunque, necesitados de encontrar un sentido épico a la muerte del hijo, se consuelan pensando que marchó por generosidad, para dejar sitio a un nuevo ser, Joan, su hermano póstumo.

     

    Y también estará en la mente de toda la sociedad rapitense. Prueba de ello es el torneo de fútbol juvenil que lleva su nombre y se disputa cada año en Sant Carles en memoria de Manel. Uno de los más prestigiosos del país en su categoría, a juzgar por los equipos que se han pasado por allí a lo largo de once años (Barça, Madrid, Valencia…).

    Y otra paradoja curiosa: pese a estar muerto, Manel vive en los corazones de multitud de personas. En cambio, David es un muerto en vida, ignorado y repudiado por sus convecinos. Solo sus allegados –y por imperativo familiar- le tienen en cuenta. No sé si David confirma la teoría de Lombroso y lleva en su frente el estigma del delito. Pero no es difícil vaticinar que el reproche social le seguirá de por vida. Es posible que más de una vez haya deseado cambiar su suerte por la de Manel. Y es que la teoría de que es preferible llevar tabaco a la prisión que flores al cementerio, no es válida para todas las personas. Y si no que se lo pregunten a los padres de Jared Lee Loughner, el muchacho de 22 años autor de la matanza de Tucson, que tienen sellada con madera la puerta de su casa para aislarse de la presión social, de los curiosos y de los periodistas que merodean por los alrededores. Y es que en ocasiones los padres son víctimas colaterales de las acciones de sus hijos.

    Ahora que se cumplen once años, sirvan estas líneas como reconocimiento a Manel y aportación a la perpetuación de su memoria.


    Francisco Zapater
    Abogado y exsíndic de Greuges la Universidad Rovira i Virgili
    Tarragona

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