23-F, Lejano pero vivo en la memoria

  • Parece que fue ayer. Pero han transcurrido treinta años. Tantos que la mitad de nuestros conciudadanos no tuvieron una percepción directa. Un teniente coronel bigotudo y barrigón en la tribuna de oradores del Congreso, pistola en mano, dibujando la escena más impactante que uno haya podido ver en directo, sólo superada, veinte años más tarde,  por las imágenes del 11-S. Y  cuando nos dimos cuenta de que era Tejero buscando liquidar la democracia, se nos pusieron los pelos de punta y todo lo demás pasó a ser secundario.

     

    ¿Quién no recuerda las horas de angustia que vinieron después? Los diputados todos al suelo,  y con ellos la soberanía popular. ¿Todos? Bueno, todos no. Hubo tres que, emulando a la Pasionaria, prefirieron el peligro de morir de pie a la ignominia de ponerse de rodillas: Suárez, tan erguido entonces como postrado ahora por la enfermedad; Gutiérrez Mellado, ya desaparecido; y el sempiterno e incombustible  Carrillo. Chapeau para ellos.

     

    Mientras tanto, Milans del Bosch secundaba a su compinche (Dios los cría...) y tomaba Valencia con sus tanques. Y la psicosis de golpe que sufríamos pareció hacerse realidad. El escenario ante el que me veía era alucinante: a este lado del puente del Ebro en Amposta, Cetme en mano y disparando contra mis paisanos y/o parientes valencianos, en una nueva versión de la batalla del Ebro.

     

     La machada de Milans, por el efecto dominó que podía provocar, fue el momento más delicado de aquella noche. Luego vino la pugna entre las cadenas radiofónicas y los instintos golpistas de algunos cuarteles. Las frases tranquilizadoras de Jordi Pujol (“tranquilo, Jordi, tranquilo”). Pero el punto de inflexión fue el mensaje televisado del Rey pasada la media noche. Y a partir de ese instante la fuerza de la razón se fue imponiendo a la razón de la fuerza.

     

    Ya amanecido, el pacto del capó (de teniente para abajo, a casa, los demás,  a prisión). Y, finalmente, la salida de sus señorías por la puerta  del Congreso, radiantes como si el golpe lo hubiesen parado ellos, pese a que parte de la noche la pasaron en postura horizontal. Y también salían los golpistas, pero  por las ventanas, como los amantes cuando barruntan al marido.

     

    ¡Cuán lejanas en el tiempo y vivas en la memoria quedan esas imágenes!

     

    Recuerdo que lloré. ¿Miedo, rabia, impotencia? Por un poco de todo, quizá, pero lloré. Por mi país, que podía volver a  otra noche larga y tenebrosa como la que acabábamos de sufrir, que si duraba tanto como la anterior me podía dejar en las tinieblas de por vida. Y por una persona muy próxima, profesora de catalán, que podía ser represaliada como lo habían sido sus precedesores docentes durante la República.

     

    Ahora, treinta años después, podemos analizar los hechos  con perspectiva histórica. Aunque prefiero recordar sólo  las consecuencias positivas.

     

    Una, que si  el golpe de Tejero pretendía abolir la democracia, consiguió todo lo contrario: que el país se cohesionara e hiciera piña para defenderla. Fue el antídoto más eficaz contra nuevos intentos golpistas.

     

    Y dos, la más importante, que el bochornoso espectáculo de los militares puso fin a dos siglos de beligerancia salvadora en forma de pronunciamientos, asonadas y alzamientos. Y generó las condiciones para uno de los logros más importantes de la democracia: la desactivación del poder militar y su sometimiento al poder civil. Como debe ser en todo país  moderno. Es significativo que en aquella época conocíamos el nombre de casi todos los generales y ahora en cambio apenas si sabemos alguno. 

     

    El golpe de estado tradicional -de color caqui y pistola en mano- parece desterrado de nuestro país. Ahora los golpes desestabilizadores suelen ser económicos y vienen de fuera. De esas jaurías especuladoras que son los mercados, las agencias de calificación y los movimientos planetarios especulativos. Y tienen mucho poder, a juzgar por las decisiones que subliminalmente nos imponen: bajada del sueldo de los funcionarios, desactivación de las cajas de ahorro, retraso de la jubilación hasta los 67 años…  

     

    A esas jaurías especuladoras y a los golpistas habría que decirles: ¡Se sienten, coño!

     

    Francisco Zapater

    Exsíndic de Greuges de la Universidad Rovira i Virgili y Abogado

    Tarragona

    pacozapater@gmail.com

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