Si uno de nosotros se pusiera a saltar en la plaza mayor de su ciudad quizás llamaría la atención, pero sus botes no traerían mayores consecuencias. En cambio, si lo hicieran todos los habitantes de la tierra a la vez producirían un cataclismo de tal magnitud que el planeta desaparecería. Por suerte, en una plaza, aunque sea la mayor, no caben todos los humanos. Pero con Internet y las nuevas tecnologías sí es posible la confluencia simultánea -virtual o real- de grandes masas humanas, la suma de cuyos comportamientos puede generar consecuencias, positivas y negativas.
Uno de los primeros movimientos de ese tipo fue el 11-M, ahora hace siete años. La gente no se tragó que las bombas las había puesto ETA. Y enojada por la manipulación informativa del gobierno Aznar, salió a la calle de manera espontánea y el domingo siguiente, contra todo pronóstico, votó a Zapatero y lo llevó a la Moncloa.
Desde hace unas semanas Internet y las nuevas tecnologías están sirviendo de rampa de lanzamiento a las revoluciones del norte de África. Y si hasta ahora han sido Túnez, Egipto y Libia, todo hace prever que en los próximos meses caerán también, por efecto contagio, otros muchos regímenes autoritarios, y no solo de África. El fenómeno podría llegar, incluso, hasta Irán y China. Visto lo visto, puede decirse que estamos ante el ocaso de los dictadores a la antigua usanza.
Y es que Internet se está convirtiendo en el mejor antídoto contra dictaduras y reyezuelos. De nada sirven mordazas ni barreras informativas, pues a la información que proporcionan las nuevas tecnologías, como al campo, no se le pueden poner puertas. Y eso es muy esperanzador.
Pero Internet, como la dinamita, también puede ser utilizado perversamente o producir efectos secundarios negativos. Pensemos en los ataques deliberados de Soros y compañía contra el euro para debilitar su hegemonía como moneda de referencia mundial (Grecia, Irlanda…). Y en la actividad, propia de casino, de los especuladores financieros, que con múltiples operaciones, realizadas a la velocidad de la luz, pueden desestabilizar cualquier país, mercado o empresa, en apenas una semana. Y pensemos, en fin, en los especuladores alimenticios, a quienes la FAO, en un reciente informe, ha retratado como una de las causas del aumento espectacular del precio de los alimentos básicos.
La dinamita -por su potencial peligro- está controlada por los estados y no se entendería que pudiera comprarse en el mercado libre. Por la misma razón habría que establecer alguna regulación para evitar el daño que los tiburones financieros y las jaurías de la especulación están causando, sirviéndose de la red, en países, vidas y haciendas.
Una de las medidas podría ser, como propone el exministro Joan Majó, una tasa del 0,05 % para desincentivar este tipo de operaciones, lo que permitiría, a la vez, recaudar, solo en la UE, 200.000 euros al año. Pero la medida más eficaz, la de mayor calado, sería -como propone el expremier británico Gordon Brown- crear una autoridad económica mundial con poder coercitivo para hacer cumplir sus decisiones.
El dinero recaudado con esa tasa podría destinarse a fines beneficiosos para todos. Por ejemplo, para compensar la gran cantidad de dinero público que les está costando a los países solucionar la crisis económica. O para crear instituciones y premios que fomentaran la paz, la justicia social y el entendimiento entre los hombres, valga en los tres casos la redundancia.
Algo parecido a lo que hizo Nobel con los beneficios de la dinamita al tomar conciencia de que su invento, además de generar progreso, podía utilizarse como instrumento de destrucción y muerte.
Francisco Zapater
Exsíndic de Greuges de la Universidad Rovira i Virgili y abogado
Tarragona