Hace pocos días un suceso abría página en la prensa de Tarragona: la detención de Ramón Laso como sospechoso de la desaparición, dos años antes, de su pareja y del cuñado de ésta. La noticia se extendió como la pólvora y traspasó los confines de nuestra provincia. Y no por el hecho en sí, uno más de los que se producen, por desgracia, en cualquier ciudad, sino por el currículum homicida de este “angelito”, que veinte años antes había sido condenado por matar a su primera mujer y al hijo común de seis años... para que no se chivara. Y con un ingrediente añadido: solo cumplió siete de los cincuenta y siete años de cárcel que le pusieron.
Con independencia de qué pruebas puedan tener los Mossos para incriminar a este hombre, su caso ofrece perfiles que mueven a reflexión y que sin duda estarán en el debate social de los próximos meses.
Llama la atención, de entrada, los métodos especialmente perversos utilizados por Laso. Estranguló a su mujer y puso el cadáver sobre la vía del tren para simular un suicidio y desviar la atención, sin importarle que eso llenaría de infamia la memoria de la muerta. Y, un año más tarde, temiendo que su hijo de seis años lo delatara, lo metió en un coche, fingió un accidente y el chico -inocente, confiado y narcotizado- murió carbonizado. Eso sí, para no destrozar su propio coche, el padre pidió uno prestado. Además, cobró una indemnización del seguro por la muerte del niño.
Si éste fue el modus operandi que utilizó hace veintitantos años, no sería de extrañar que ahora haya hecho algo parecido con Julia Lamas y Maurici Font, los dos desaparecidos. Y es que la maldad y sangre fría de Laso le sitúan en el punto más extremo de la vertiente hobbiana del ser humano.
La pregunta que se hacen muchos parece obvia: ¿cómo es posible que un condenado a cincuenta y siete años cumpla solo siete? En una primera aproximación cabría decir que en el caso de Laso –por lo que parece- concurrían varios factores susceptibles de reducir sustancialmente la condena. Uno, la entrada en vigor del Código Penal de 1995, que le permitió, por el principio de retroactividad de la ley penal más favorable, acogerse al nuevo texto, con pena menor, y, a la vez, a los beneficios penitenciarios del viejo, sustancialmente más favorables. Dos, el mandato constitucional de que las penas están orientadas a la rehabilitación y reinserción social. Y tres, el buen comportamiento, decisivo dada la política del palo y la zanahoria utilizada en las prisiones.
Pero una cosa es reducir la pena de forma sustancial y otra muy distinta pulverizarla, como acontece en el caso que comentamos: de cincuenta y siete años a siete, nada menos. Debió haber algo más. ¿Un encantador de serpientes que engañó como a chinos a los componentes del equipo de tratamiento de la prisión? Quizás, pero un engaño que a la postre resultaría trágico para dos personas inocentes.
Mucho me temo que a partir de ahora paguen justos por pecadores. Que los internos que están cumpliendo los protocolos se vean perjudicados por el rigor que se avecina. Sería una lástima, porque la filosofía penitenciaria que tenemos ha dado muy buenos resultados a nuestra sociedad. Miles de internos se han rehabilitado y reinsertado socialmente y son ciudadanos de provecho. Pero esto no se ve. Lo de Laso es la anomalía de turno, que no debe hacer cambiar el rumbo.
La conducta de este hombre ha propiciado que algunas voces clamen la vuelta de la pena de muerte, o, al menos, de la cadena perpetua. Su perfil le haría merecedor de esas penas tan graves, si estuvieran vigentes. Pero sería un retroceso, una vuelta al pasado. Además, no es bueno legislar en caliente, a remolque de los titulares de prensa.
No sabemos qué pruebas hay contra Laso por la desaparición de su compañera y del cuñado. Se vislumbran dos escenarios procesales, según se encuentren o no sus cuerpos. Si no aparecen, un principio jurídico planea sobre el caso: no hay crimen sin cadáver. A menos que exista prueba indiciaria abundante. Si aparecen -o si Laso confiesa- la cosa parece clara.
Y un mensaje para los equipos de tratamiento de la prisión si Laso es declarado culpable: por favor, no le den una nueva oportunidad. Por el bien de todos.
Paco Zapater
Exsíndic de Greuges de la Universidad Rovira i Virgili y abogado
Tarragona