Aun no se había publicado la ley en el BOE y Monste ya me acuciaba para que le pidiera el divorcio. Llevaba varios años separada y estaba ansiosa por poner punto y final, cuanto antes, a su fracasado matrimonio. Presentamos la demanda casi sin respetar la vacatio legi y pocas semanas después el juzgado de Valls devolvía a la clienta la soltería. Fue una de las primeras sentencias de divorcio dictadas en la provincia de Tarragona.
El jueves siete de julio la Ley de Divorcio cumplió treinta años, y es momento adecuado para analizar, con la perspectiva que da el tiempo, su evolución y lo que ha significado para nuestro país.
En el kilómetro cero de nuestro particular recorrido nos encontramos con una sociedad -la de principios de los ochenta- bipolarizada respecto al divorcio. Los que se oponían –fuerzas conservadoras y la Iglesia, fundamentalmente- veían en él un ariete contra su concepción del matrimonio uno e indisoluble y, por extensión, contra la familia. Y los que estaban a favor –progresistas y fuerzas de centro- ponían el acento en la autonomía de la voluntad y pedían una solución, en el marco de la legalidad, para las crisis matrimoniales. En ese contexto no es de extrañar que el legislador se decantara por una solución ecléctica: divorcio sí, pero tras un período de separación de uno a cinco años, según los casos. Además, si la separación la pedía uno solo de los cónyuges, debía tener un motivo.
El tiempo y la evolución de nuestra sociedad evidenciaron lo absurdo de esas exigencias, que en la práctica se traducían en un doble peaje procesal: duplicidad de procesos, de costes y de enfrentamientos conyugales. Y fue en el año 2005, con la llamada ley de divorcio exprés, que se construyó una autopista hacia el divorcio, pues a partir de ese momento se podía pedir directamente el divorcio, sin separación previa y sin necesidad de ningún motivo, bastando la decisión unilateral de uno de los cónyuges. Y esta vez apenas hubo controversia y mucho menos fractura social.
La custodia de los hijos siempre fue elemento estrella durante los treinta años de divorcio. Inicialmente se diseñó un sistema orientado hacia la custodia de la madre, hasta el punto de que si había hijos menores de siete años debían quedar bajo custodia de ella. En el origen de esta imposición estaba el diferente rol de los progenitores de la época: el padre salía a cazar y la madre se quedaba en casa cuidando a la prole. Poco después se cambió a un modelo de igualdad hombre-mujer. Pero una igualdad en el plano puramente normativo. La realidad iba por otro lado, ya que durante 29 años los juzgados atribuyeron de forma casi sistemática, incluso automática, la custodia a las madres, en porcentajes no inferiores al 90%. Y con la custodia todo el pack: hijos, vivienda, ajuar y pensión. Y digo 29 años porque en el 2010 varios parlamentos autonómicos (Aragón, Catalunya, Navarra) promulgaron leyes tomando en consideración la custodia compartida.
Pese a que el divorcio dividió al país hace treinta años, hoy casi nadie lo cuestiona. Todos los países de nuestro entorno lo tienen, excepto el Vaticano, por razones obvias. Y entre los millones de divorciados se encuentran personas de todas las ideologías, credo y condición, algunas de ellas detractores de su legalización. Llegó incluso a la Casa Real y nadie se rasgó las vestiduras.
La ley de divorcio ha sido una herramienta muy útil para nuestra sociedad, pues legalizando las rupturas matrimoniales dio normalidad legal a lo que en la calle era normal. Pero tiene una asignatura pendiente: la guarda y custodia compartida. Y el Parlamento tendría que abordarla, como han hecho distintos legisladores autonómicos.
Mi particular bola de cristal me dice que la tendencia hacia la custodia compartida es imparable y solo cuestión de tiempo. Por razones de igualdad; porque la distribución de roles en las nuevas parejas es más equitativa que en las antiguas; pero, sobre todo, por el bien de los hijos. La ruptura de los padres no debe suponerles la pérdida de uno de ellos.
Francisco Zapater
Abogado y exsíndic de Greuges de Universidad Rovira i Virgili
Tarragona
pacozapater@gmail.com