Al llegar a Vilna, el tamaño de su aeropuerto y el del avión con el que aterrizas dan idea de las reducidas dimensiones de Lituania, Letonia y Estonia, las tres repúblicas bálticas que vamos a visitar en los próximos días.
Uno de los rasgos más llamativos de Lituania, el más meridional de los tres países, es, sin duda, el fervor casi religioso que sienten por el baloncesto, el deporte nacional por excelencia que, paradójicamente, une y desune a los lituanos. Pocas cosas les cohesiona más que una victoria frente a Rusia, su ancestral opresora, algo posible en este campo pero impensable en otros. Y es que, parodiando a Vázquez Montalbán, la selección lituana de básquet parecía, en época soviética, el ejército de liberación de Lituania. En cambio, la rivalidad baloncestista Vilna-Kaunas sirve como arma arrojadiza a estas dos ciudades, las más importantes del país, algo parecido a lo que ocurre entre Madrid y Barcelona o -en un ámbito más próximo a mí- entre Tarragona y Reus, como comentábamos con Elena Terés, una agradable enfermera de la ciudad reusense que nos acompañaba.
Otra cosa que sorprende de Lituania es la escasez de piedras en todo el país. Un fenómeno atribuible a su morfología en extremo llana, sin montañas, hasta el punto de que su mayor elevación apenas sobrepasa los doscientos metros. Y ya se sabe, bien escaso es sinónimo de bien caro. Tan es así que en época feudal los señores exigían el pago de impuestos en piedras. No es de extrañar que la inmensa mayoría de las construcciones de Lituania sean de ladrillo o, en menor medida, de cantos rodados de río. O de la combinación de ambos materiales, unidos por argamasa, como se ve en los viejos muros y fachadas de las ciudades.
La capital, Vilna, es una coqueta ciudad incrustada en el bosque, con un número tan elevado de iglesias que desde cualquier lugar se divisan hasta nueve. Y es que la existencia de varias religiones les hace rivalizar entre sí para captar adeptos.
Letonia es una prolongación geográfica de Lituania por el norte. Su capital, Riga, es la ciudad más señorial y cosmopolita de las repúblicas bálticas, y en la que más actividad económica se percibe, fruto, sin duda, de su ubicación en el corazón mismo de los territorios que visitamos.
Llama la atención en Letonia la pugna lingüística entre el letón y el ruso, derivada de la época soviética. En la capital ambos idiomas están en situación de empate técnico, pues la mitad de la población habla letón y la otra mitad ruso. En el resto del país, sin embargo, la relación idiomática es de dos a uno. Y la lengua materna del guía de turno no es inocua cuando muestra su país. Según sea de una u otra lengua te dará una versión diferente de la historia, al menos de la reciente. Donde unos hablan de invasión y dominación soviéticas, los otros aluden a época y régimen soviéticos. Y es que dime qué guía tienes y te diré qué país conoces.
Estonia es la más pequeña de las tres repúblicas, con una superficie similar a la de Andalucía. Es también la de menor población, 1.350.000, un tercio de los cuales vive en Tallin, la capital.
Y fue en Tallin donde nos vimos atrapados por la afluencia masiva de turistas que llegando por tierra, mar y aire colapsaron –colapsamos- la ciudad. ¿Motivos de la aglomeración? Varios: las virtudes intrínsecas de la capital de Estonia, su situación en la ruta de San Petersburgo, y la huida de turistas de la ribera sur del Mediterráneo hacia otras latitudes turísticas más seguras.
O sería quizás porque todos estábamos en la capital, pues el posterior recorrido hasta Narva, ciudad fronteriza con Rusia, fue de lo más apacible y tranquilo. Eso sí, con un final propio de la época de Stalin: casi tres horas para cruzar la frontera, pese al reducido número de vehículos que había (dos autobuses y seis turismos), con registros anacrónicos, absurda burocracia, visados y desconfianza al forastero.
Las repúblicas bálticas tienen rasgos comunes muy acentuados, fruto, quizás, de su historia y del determinismo geográfico. La continuidad geográfica, una alargada llanura flanqueada por el Báltico y la vieja URSS, con una corteza terrestre muy bien conservada. Las dimensiones de los tres países, a la medida del ser humano. Su historia, jalonada de ciclos sucesivos de invasión-guerra-independencia… y vuelta a empezar. Y, pese a todo, un carácter apacible y discreto de sus gentes.
Pero sus gentes tienen características diferentes. Elena Paulova, nuestra guía letona, decía que los lituanos eran prácticos e interesados, los letones pretenciosos y con aires de grandeza, y los estonios lentos de reflejos. Y se servía de un chiste para acentuar los rasgos más característicos. Se encuentran tres amigos –uno de cada país- sentados alrededor de una mesa y cae un euro al suelo. El lituano, se agacha con rapidez y lo coge; el letón, ni se inmuta, por un euro no vale la pena torcer la espalda; y el estonio, trata de cogerlo al cabo de tres horas, pero el euro ya no está.
Y es que a veces un chiste vale más que mil palabras.
Paco Zapater
Exsíndic de Greuges de la Universidad Rovira i Virgili de Tarragona y abogado